Prender fuego el mundo

Hoy quiero empezar agradeciendoles por los comentarios que me dejaron en el post anterior. Leer sus palabras me llenó de motivación y alegría toda esta semana. Son geniales, gracias!!! Necesitaba la verdad hablar del tema, y quiero contarles un poco más sobre qué me lleva hoy a cuestionarme todo esto y replantearme mi futuro profesional.

Si de vocación se trata

Una de las frases del texto de Caroline Martins que publiqué en Hacer realidad los sueños dice asi: “La sociedad te pide para hacer una elección de vida a los 17 años (al finalizar el secundario), y espera que uno cargue esa elección hasta la tumba”. Eso. Exactamente eso.

Yo no tenía ni idea qué quería hacer de mi vida a los 17 años. Después de terminar el secundario tenía planeado un viaje de más de un mes, lo que me dejaba afuera de cualquer carrera universitaria ese año. Como tenía que aplicar a la visa de Estados Unidos me aconsejaron inscribirme en alguna carrera solo para que me dieran la libreta y de esa forma demostrar en la embajada que “tenía un motivo para volver a Argentina”. Recuerdo haber tenido los folletos de Educación Inicial y Enfermería en la mano. Recuerdo que me anoté en Educación Incial solo porque las inscripciones eran antes y me daba tiempo de hacer los trámites. Después tiré los folletos y me fui de viaje.

Entrar a las liberías de Atlanta, ver que vendían tarjetas de todo tipo hasta en las farmacias, que las ediciones de los libros eran alusinantes y que todos los materiales de escritorio eran personalizables me enloqueció. Me pregunté quién hacía esas cosas. Quién estaba atrás de todo eso que era lindo… y así descubrí la carrera de diseño gráfico. El hecho de que fuese una carrera corta, de 3 años, y que podía estudiarla en mi ciudad solo terminó de convencerme. Promocioné todas las materias y, después de sufrir un poco con la tesis, obtube mi título y me fui a Córdoba. Era todo lo que había querido desde un principio. Siendo sincera, la elección fue pura practicidad.

Tierra Santa

Hace poco me crucé a una vecina en la entrada de casa y me dijo “si Dios te mandó acá es porque esta es ahora tu Tierra Santa” (sí, me quedé sonriendo y sin palabras para contestarle). Y yo lo sé. Yo sé que Dios me trajo a Lugano por un motivo. Tal vez, tal vez… tal vez ese motivo haya sido frenar, tomar el tiempo que necesitaba para revolver adentro mio y encontrar ese fueguito con el que nací. Siempre quise tener un rol más activo ayudando a las personas, y también siempre tuve cierta “fascinación” por las heridas, enfermedades, situaciones de riesgo y accidentes. (Se acuerdan que les conté una vez que me imagino situaciones?) Sin embargo eso quedó tapado por las decisiones prácticas, por las elecciones más fáciles.

Cuestionarse la profesión, la vocación en realidad, a los 27 años no es ni práctico ni fácil. No es práctico porque de repente se te descompaginan los otros sueños, se frena el efecto dominó con el que venías y tenés que empezar de nuevo. No es fácil porque duele y lleva tiempo y mucho cariño curarse a uno mismo las heridas. Pero es válido. Porque vivimos una sola vez y más vale que aprovechemos esa única oportunidad para ser quien querramos ser y, sobre todo, ser felices con nuestra elección. Si eso implica cambiar de carrera a los 27 y de nuevo a los 45, que así sea. Si eso implica que las ganas de ir al recital que esperabas hace años, y de viajar a ese lugar que tanto querías sigan esperando, que así sea, porque hay un anhelo más profundo por alimentar ese fuego interno y dejarse quemar por él.
Como decía Catalina de Siena hace muchos muchos años, “si somos lo que debemos ser, prenderemos fuego al mundo entero

 

Acá les dejo la escena de la película dónde leen esa frase:

 

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